Colegas lectores: Notas sobre el lenguaje multiplicado

“Fellow readers: notes on multiplied language”, texto de Robin Kinross publicado originalmente en 1994. Reeditado y publicado en “Unjustified texts: perspectives on typography”. Hyphen Press. Londres, 2002

 

La batalla de significados

“El mundo del lenguaje es el que crea el mundo de las cosas”[i]. La afirmación de Jacques Lacan –extrema, absoluta, irreal– resume a la perfección las teorías de tendencia pos-estructuralista. Durante los últimos veinte años, las ideas enrarecidas de unos pocos pensadores parisinos se han convertido en moneda corriente en el marco de la discusión intelectual. Y ahora, un tiempo después, luego de haber sido profundamente cuestionadas, estas ideas resurgen en el tosco mundo del diseño. Un debate completo debería considerar los distintos modos en que esas teorías fueron aplicadas a la tipografía y el diseño gráfico, con observaciones provenientes tanto del universo del diseño como de la escritura académica. Pero, considerando los objetivos de esta breve presentación, ese circuito de ideas, estrecho y críptico, podría ser resumido en los siguientes términos. Conocemos el mundo sólo a través del lenguaje. El significado es arbitrario: no tiene ningún fundamento natural. El significado es inestable y está determinado por el lector. Cada lector puede asignar un significado diferente. Establecer una lectura única es autoritario y opresivo. Los diseñadores deberían generar textos visualmente ambiguos y ligeramente incomprensibles para respetar los derechos de los lectores.

Este intento por fusionar lo obvio y lo absurdo ha recibido distintas denominaciones: pos-estructuralismo, deconstruccionismo, deconstructivismo y, mucho más general y vago, pos-modernismo. Incluso se podría proponer una discusión teológica de estos términos, pero no lo haremos aquí. Este es un ensayo relajado e informal que tiene como objetivo revisar algunas de las cuestiones surgidas de la aplicación de la deconstrucción a la tipografía y el diseño gráfico. En algunos casos nos saldremos del camino principal, guiados por la idea de que la discusión académica de la tipografía, y del diseño en general, frecuentemente se vuelve hermética e irreal: en asociación profana con la orgullosa anti-intelectualidad de muchos de los diseñadores en ejercicio.

Volvamos a la principal fuente teórica de todas estas ideas acerca de la lectura. Es decir, el libro Cours de linquistique générale de Ferdinand de Saussure (en español, Curso de lingüística general). Saussure fue profesor de lingüística en la Universidad de Ginebra. Murió en 1913 y su libro fue publicado póstumamente en 1916. Es un texto que reconstruye sus clases, basado en las notas de estudiantes y editado por algunos de sus colegas. Esto ayuda a entender por qué los lingüistas profesionales –y, por supuesto, los lectores sin ninguna competencia específica en lingüística –han encontrado a este texto enigmático y difícil, independientemente de los comentarios y las ediciones especializadas que han intentado aclarar algunos misterios[ii].

Saussure descarta la noción ingenua de que las palabras corresponden a objetos reales; que, por ejemplo la palabra “árbol” corresponde al objeto real que conocemos como árbol. En su lugar, introduce la noción más compleja de “signo” (la signe). “Un signo lingüístico no resulta de la unión entre una cosa y un nombre, sino entre un concepto y una imagen acústica”[iii]. Y Saussure continúa: “la imagen acústica no es el sonido, un sonido es algo físico. La imagen acústica es su huella psíquica, la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos”. Luego de esta larga discusión, Saussure propone sustituir las nociones de concept (concepto) e image acoustique (imagen acústica) por los de signifié y signifiant, que en español se traducen como significado y significante, y de cuya combinación surge el signo lingüístico.

Luego Saussure enuncia los dos principios básicos de la naturaleza del signo: que el lazo que une al significado y el significante es arbitrario; y que el signo es de carácter lineal (se desarrolla en el tiempo). El primero de estos principios funcionará como fundamento del debate en torno a la tipografía y el lector.

Pienso que es realmente difícil discrepar con las observaciones que realiza Saussure sobre la arbitrariedad. Advierte que las distintas lenguas tienen distintas palabras para un mismo concepto: al animal que los franceses conocen como un boeuf, los alemanes lo identifican como ein Ochs, y esto resulta suficiente para probar la arbitrariedad del signo lingüístico.

Dos párrafos más adelante, Saussure desliza una especulación acerca de la semiología, ciencia que, predice, logrará extender los principios de la lingüística y aplicarlos a todos los campos de la vida humana. Es por este motivo que Saussure ha ganado mucha importancia en aspectos que no tienen necesariamente que ver con la lingüística. Unas pocas observaciones crípticas del texto se han erigido luego como piedras de toque para la semiología, disciplina desarrollada medio siglo después. La semiología se ha convertido en parte del extenso proyecto estructuralista, y su principal exponente en el área de la antropología ha sido Claude Lévi-Strauss. Luego –gradualmente– la semiología y el estructuralismo se convirtieron en pos-estructuralismo. El desarrollo de la escritura de Roland Barthes –desde las pretensiones científicas de sus trabajos más tempranos hasta su prosa poética más tardía– ilustra muy claramente esta transición. El pos-estructuralismo renuncia a la noción de corazón, centro o esencia; pero si realmente existía tal concepto (quizás su centro residiera en la cansadora carrera de la periferia) descansaba sobre la base de la arbitrariedad. Dos párrafos más adelante Saussure sigue:

La noción de “arbitrario” también merece un comentario. No significa, en modo alguno, que el signo dependa de la libre voluntad del hablante. (Veremos que los individuos no tienen la capacidad de alterar el signo en ningún aspecto una vez que se ha establecido como tal en la comunidad lingüística). El término implica, simplemente, que el signo es inmotivado: es decir, arbitrario en relación con su significación, que no tiene conexión natural con la realidad.[iv]

Parece que los deconstructivistas nunca leyeron esto. O si lo hicieron, nunca manifestaron su desacuerdo con claridad. El lenguaje, nos recuerda Saussure, es creado por la comunidad, y los individuos lo utilizan de acuerdo con las restricciones que establece el entendimiento global y comunal. En este sentido fundamental, los signos no son arbitrarios, y sería más conveniente utilizar el término inmotivado para describir la calidad de fortuito en la relación entre significación y signo. Así, el deconstructivismo contradice a Saussure sin haber considerado esta contradicción. Ciertamente, en sus formas más degradadas, como en el actual debate de la tipografía, esta teoría ingenua asegura que no existe la comunidad o la sociedad –tal como lo enunció Margaret Thatcher más o menos en la misma época[v]. (Margaret Thatcher había afirmado: “no existe la sociedad, sólo existen los individuos y sus familias”).

Saussure entiende el lenguaje como un esfuerzo colectivo y social. No obstante, los tipógrafos y diseñadores que comparten este punto de vista deberían discrepar con Saussure. Su objeto de estudio, su consideración sobre el lenguaje, es principalmente el lenguaje oral. La teoría de Saussure sobre el lenguaje es fundamentalmente teórica e intelectual. Es más inmaterial que la respiración humana. Él subraya que “un sonido es algo físico”. ¿Alguien siente el tono de desdén que sugiere esa frase? Luego se aleja del materialismo crudo y se concentra en conceptos e imágenes acústicas. El diagrama del Curso de lingüística acerca de la producción de los sonidos mediante los órganos de fonación es tan material como Saussure puede serlo[vi].

En el Curso… los seres humanos no hablan entre sí. Es cierto que la famosa distinción que establece Saussure entre la langue (sistema lingüístico social) y la parole (aspectos individuales del lenguaje) le permite este tipo de ilustraciones. En general, el énfasis está puesto en el hablante. Y si se presta atención a la forma del lenguaje que más interesa a los tipógrafos –la lengua escrita, caracteres, imágenes, tinta, capturas de TV, cuadrículas, mapas de bits, incisiones en piedras– se hace evidente que hay un gran hiato. De acuerdo con el libro, en sus primeras conferencias Saussure dedicó cierta atención a la escritura, pero siempre en estos términos: “Una lengua y su forma escrita constituyen dos sistemas de signos diferentes. El único motivo por el que existe la segunda (forma escrita) es para poder representar a la primera (lengua). El objeto de estudio de la lingüística no nace de la combinación de la palabra escrita y la palabra hablada. La palabra oral por sí sola constituye su objeto”[vii]. Esto debió haber sido realmente revolucionario: la lingüística había sido el estudio de la lengua en su forma escrita. Pero su legado no sirvió de ayuda en ninguna de las discusiones en torno al mundo material y el intercambio de artefactos: el universo al que pertenece la tipografía. La aspiración de los semiólogos, de estudiar y explicar el mundo social, sufre por esta debilidad abrumadora: la carencia de fundamentos materiales. Por tanto, después de esta breve discusión acerca de la escritura, Saussure se confina a la lengua oral. De hecho, utiliza el término lengua (la langue) para referirse a la lengua oral.

Se han realizado algunos intentos por corregir la ceguera de los lingüistas en relación con la lengua escrita. Desde el interior mismo de la disciplina, se puede citar a Josef Vachek, y quizás algunos más[viii]. Y, desde la ventaja que supone pararse fuera del área de estudio, el antropólogo inglés Jack Goody ha producido una serie de libros y ensayos sobre la escritura, entendida en su sentido histórico y material[ix]. The Domestication of the Savage Mind probablemente sea su libro más relevante y accesible para la tipografía. Allí Goody señala contundentemente las propiedades distintivas del lenguaje escrito como un sistema aparte, en mutua reciprocidad con el lenguaje oral. Su trabajo también incluye la distinción entre los distintos modos en los que la escritura puede aparecer como discontinua: tablas, listas, formularios, y otras formas relacionadas para las que no existe ninguna terminología descriptiva universal y acordada. Estos sistemas de configuración son utilizados casi inconscientemente día tras día por tipógrafos, componedores, diseñadores y editores. Y sin embargo, las discusiones acerca de la lectura, la legibilidad, la impresión y el futuro de los libros parecen tomar como único objeto de referencia a los textos continuos (por ejemplo, la página de alguna novela). Pero el mundo real de la tipografía es mucho más diverso y extraño. Si la reflexión sobre lo que está ante nuestros ojos no es suficiente para persuadir a los semiólogos acerca de la realidad y la diversidad de la lengua escrita, una lectura de Goody podría serlo. A partir de entonces, será imposible repetir como un loro a Saussure en lo que refiere al “lenguaje”.

 

Copia compartida

El reconocimiento y análisis de la lengua escrita es una corrección esencial a la teoría saussureana, pero necesitan ser más desarrollados. Existe la escritura y existe la imprenta: dos fenómenos bien diferentes. La escritura existe en una única copia; la impresión, en cambio, permite generar múltiples copias de una misma cosa. Por supuesto, es posible duplicar la escritura: se la puede fotocopiar o fotografiar y luego producir una plancha de impresión. Una diferencia más exacta se establece entre la escritura y la composición tipográfica del texto. Pero se deben señalar algunas diferencias: entre la escritura y el texto impreso; o, en un plano más general (que permitirá incluir las películas, la TV, los videos, información almacenada en discos), entre lo particular y lo múltiple.

La semiología basada en la noción abstracta de lenguaje, que no reconoce la vida independiente de la escritura, no nos servirá de ayuda aquí. Los teóricos que discuten “la escritura” como una esfera unificada e indiferenciada del lenguaje visible podrían tener una herramienta de análisis. Sin embargo, resulta una herramienta demasiada débil, ya que no permite abordar el lenguaje multiplicado[x]. Aquí deberemos incluir una acotación y recordar que esta discusión se está llevando a cabo, fundamentalmente, en inglés, una lengua que señala una clara distinción entre “escritura” (writing) e “impresión” (printing). Pero, por ejemplo, el alemán tiene un solo término para referirse a la escritura (manuscrita) y la impresión (mediante una máquina), Schrift. Mientras que en inglés se habla de writing (escritura) y type (carácter) (es decir, palabras con raíces muy diferentes), en alemán se refiere al Schrift, o bien Handschrift y Druckschrift. Pero la distinción lingüística en inglés a menudo se mezcla en el discurso ingenuo de los angloparlantes; por ejemplo: “Me gusta la letra [i.e. tipografía] de la tapa de este disco” o “Por favor, imprima su nombre y apellido [i.e. escríbalo en mayúscula]”.

Los teóricos de la lengua escrita y oral no pueden separar su objeto de estudio de su contexto temporal y geográfico. Por eso el principal campo de interés de Jack Goody está ubicado en las sociedades antiguas de África y Oriente Medio. Cuando Goody alude a las sociedades europeas modernas se mantiene alerta a la importancia de las impresiones; pero principalmente se enfoca en el lenguaje manuscrito.

Desde el mundo de la tipografía, Gerrit Noordzij ha sido un profuso y poderoso teórico de la escritura, que habitualmente incluye en la composición tipográfica del texto: “la tipografía es la escritura de letras prefabricadas”[xi]. Esta definición aparece como una alternativa posible, en el marco de la discusión del diseño gráfico y la tipografía como procesos de especificación e intervención material en los textos, para pensar a los comisionados, impresores y productores. La intención de Noordzij de subsumir la tipografía a la escritura es una pieza dogmática en su estado más puro: un elemento esencial del equipamiento mental del escriba, el punzonista y el grabador que tienen como principal objetivo los detalles de la letra y su producción. Pero aquí, en este ensayo, nuestro propósito es concentrarnos en el mundo que Gerrit Noordzij ve cuando utiliza su lupa y cuando atiende su teléfono: el contexto social de los productores y los lectores. En este dominio, la tipografía y la escritura son actividades esencialmente distintas.

La tipografía remite al lenguaje duplicado, las copias múltiples, con un sustrato material. Aquí podemos incluir la visualización en pantallas, entre otros modos de lenguaje multiplicado. Y a los “textos” podemos agregarles las “imágenes”: siguen los mismos principios. La repetición exacta de la información es la característica constitutiva del texto multiplicado, particularidad de la que carece la escritura. La elaboración histórica de esta percepción ha sido especialmente abordada por William M. Ivins en Prints and Visual Communication y por Elizabeth Eisenstein en The Printing Press as an Agent of Change[xii]. Si, como suele sugerir Eisenstein, la imprenta no fue la principal palanca de cambio del siglo quince –y dieciséis – en Europa, no cabe dudas de que fue un factor fundamental en las renovaciones que se operaron en la época. La imprenta ofreció por primera vez la posibilidad de compartir y diseminar el conocimiento de un modo constante y estable. La ciencia y la tecnología pudieron ser desarrolladas y las ideas, extendidas y luego discutidas. La aparición de textos comunes y estables para discutir estableció la condición de posibilidad de una cultura crítica. A partir de allí, las argumentaciones encontraron bases firmes para poder avanzar.

El énfasis de los historiadores de la cultura de la imprenta, como Eisenstein, ha estado habitualmente puesto en los libros, lo que puede deberse al simple motivo de que fueron los documentos escritos que mejor sobrevivieron a lo largo del tiempo. Definitivamente, es mucho más arduo para un historiador investigar los periódicos o los carteles, localizar las copias existentes y considerar sus efectos. De hecho, aquella rama de la historia se ha hecho conocida como “la historia del libro”. Un libro por lo general es leído por una persona a la vez, y suele ser de modo privado. Sin embargo, uno puede rebatir esta percepción aludiendo a la práctica –en franca decadencia– de la lectura en voz alta, en iglesias, escuelas y otras instituciones, e incluso en los mismos hogares. Los textos también suelen ser leídos individualmente-en-público: es decir, en colectivos, bares o bibliotecas. De modo que la lectura tiene una dimensión visible y aparentemente social. Pero su dimensión más cierta y, por decirlo de algún modo, social recae en la lectura de la página impresa y en la conversión de esas marcas en significado. La página –aunque bien podríamos estar hablando de una pantalla– es el terreno común en el que la gente se encuentra. Pueden estar decididamente desperdigados en el tiempo y el espacio, individuos desconocidos e inalcanzables. O pueden conocerse y reunirse para discutir el texto. Es entonces cuando la dimensión social del texto se materializa en un grupo de gente alrededor de una mesa, señalándolo, citándolo, discutiéndolo, considerándolo.

Un texto es el producto de los escritores, editores e impresores. Y, con un poco de suerte, es probable que los diseñadores también encuentren un lugar allí. El texto es redactado, compuesto, corregido, leído y, con suerte, vuelto a corregir. Luego es multiplicado y distribuido. Y finalmente es leído de forma individual pero en común, terreno en el que surgen los significados compartidos En esta línea, la semiología de los textos y las imágenes no pareciera ayudar demasiado. Por supuesto, la significación puede estar incluida como parte de un proceso mucho más amplio. Entonces ¿qué hay de la relación arbitraria entre significación y signo en esta pequeña parte? La sugerencia de Saussure, escasamente tenida en cuenta, acerca del reemplazo del término “arbitrario” por “inmotivado” nos ayuda, porque la tipografía no es en absoluto “arbitraria”

Las yuxtaposiciones que se pueden encontrar en la tipografía pueden ser captadas fácilmente. Están en el vínculo entre un teclado y un monitor, entre la copia manuscrita y la prueba impresa en láser, entre la información que contiene un disco y el texto filmado en la película de preimpresión; y, aunque de manera diferente, entre la página y el lector. La relación que se establece entre estos pares es, insistimos, totalmente arbitraria. La corrección de las pruebas de impresión puede presentarse, con el objeto de transformar lo “arbitrario” en “intencional”, como la instancia más evidente de esa característica de la tipografía.

Esto nos lleva a afirmar que la deconstrucción y el posestructuralismo no pueden dar cuenta de lo que sucede en el mundo material. La única materia que conoce es el aire, y sus fundamentos ni siquiera se basan en él, sino en una racionalización puramente abstracta[xiii]. Indudablemente, cuando se trata de la tipografía, el gran error que las teorías posestructuralistas cometen es olvidar la naturaleza material del lenguaje tipográfico[xiv]. Aquí deberíamos dejar de lado la visualización en pantalla, que probablemente tendría que ser considerada por separado. Pero en el mundo impreso el lenguaje se vuelve real y se materializa: tinta sobre papel. Aquí aparece el rol del diseñador: dar vida a textos  que nunca serán modificados, aunque –con un poco de suerte– puedan llegar a ser revisados y reimpresos. La idea de que el diseño debería representar la indeterminación de la lectura es un disparate. Una página impresa no es en absoluto un objeto indeterminado, y todo lo que le queda al lector real es el desorden o la vanidad del diseñador, congelados en el momento en que la descripción digital se materializa. Lejos de dejar la interpretación en las manos del lector, el diseño deconstructivista impone la lectura del diseñador sobre el resto de los lectores[xv].

Este argumento en contra del posestructuralismo en tipografía no se basa en una cuestión de estilo ni en la dicotomía tradición/ruptura. Es un argumento social. La formulación de Saussure, previamente citada, que indica que “los individuos no tienen la capacidad de alterar el signo en ningún aspecto una vez que se ha establecido como tal en la comunidad lingüística”, lo manifiesta claramente. Demasiado claramente, porque parece olvidar el aspecto creativo del lenguaje, especialmente en lo que refiere a la sintaxis, y el modo en que cada uno de nosotros utiliza esos signos de manera espontánea, agregando significados nuevos cada día.

El tema del lenguaje como territorio de la comunidad ha sido desarrollado por Benedict Anderson en su libro Imagined Communities[xvi]. Este material es uno de los trabajos sobre historia y política más recomendables para los tipógrafos, ya que da cuenta de la cuestión de la imprenta; de hecho, la imprenta se encuentra en el corazón de la tesis de Anderson. En uno de los capítulos, Anderson articula el auge del capitalismo, la expansión de la imprenta, la historia del lenguaje y los “orígenes de la conciencia nacionalista”. Y la arbitrariedad es reconocida. Escribe sobre la contraposición entre lenguas alfabéticas y sistemas ideográficos: “La arbitrariedad de todo sistema de signos facilitó el proceso de ensamblaje”. Pero, a diferencia de los posestructuralistas, no se detiene ahí. Escribe: “Nada sirvió tanto como el capitalismo para ensamblar las lenguas nativas relacionadas; sin salir de los límites impuestos por las gramáticas y los sistemas sintácticos, creó las lenguas impresas mediante la reproducción mecánica, que se diseminaron en el mercado”. Pero esta no es una mera reducción de la explotación capitalista. Anderson continúa:

Estos lenguajes impresos establecieron las bases para las conciencias nacionales… crearon campos unificados para el intercambio y la comunicación por debajo del latín y por encima de las lenguas vernáculas habladas. Los hablantes de la enorme diversidad de franceses, ingleses o españoles para los que podía resultar difícil o incluso imposible comprenderse recíprocamente en conversación, comenzaron a comprenderse por medio de la imprenta y el papel. En este proceso, gradualmente cobraron conciencia de los centenares de miles, incluso millones, de personas en su campo lingüístico particular, y al mismo tiempo que sólo esos centenares de miles, o millones, pertenecían a ese campo. Estos lectores semejantes, con los que se relacionaba a través de la imprenta, formaron, en su invisibilidad visible, secular, particular, el embrión de la comunidad nacionalmente imaginada.

Esta “comunidad imaginada” puede ser difícil de aprehender, particularmente si uno forma parte de la comunidad que maneja una de las lenguas mundialmente dominantes. Pero incluso en la metrópolis angloparlante, desde donde se escriben estas palabras (este texto originalmente está redactado en inglés), se puede llegar a comprender y sentir. Los diarios griegos, italianos e irlandeses se venden en todas las esquinas de este vecindario, sirviendo a sus lectores como conductores de la amplia esfera de su comunidad lingüístico-cultural. Este puede ser el caso de muchos lectores de mayor edad. Para otros, y para nosotros también – los miembros de la comunidad lingüística que tiene como lengua materna el inglés – el diario es el lugar de reunión, en donde leemos el vecindario. La actividad de la lectura, como lo pone Benedict Anderson, puede tener lugar “en los recovecos del cráneo”, pero mantiene una extensión social[xvii]. Siempre leemos en conjunto, con nuestros colegas lectores.

 

Lugares y redes

Habrá que hacer algunas observaciones sobre este razonamiento. He hecho especial hincapié en los elementos afines a la lectura, contra la idea de que es un proceso arbitrario, deliberado, carente de una dimensión subjetiva. Pero uno de los polos extremos de esa lectura afín se constituye en las sociedades totalitarias. En China, durante la Revolución Cultural, el “pequeño libro rojo” de Mao Zedong se convirtió – más allá de su reivindicación de la contradicción y la dialéctica – en el emblema de una sociedad que llevaba la coerción hasta el sentimiento al unísono. El libro era tanto una insignia como un manual de “pensamiento correcto”. Como las chaquetas elegantes, bien terminadas, que lo cargaban en su bolsillo, el “pequeño libro rojo” era un modelo de diseño y producción perfecto; pero el uniforme se volvió opresivo. El proyecto de estandarización completa y totalitaria es inhumano, imposible, y eventualmente colapsará. Después de un tiempo, la gente se rebela.

A la lista de tendencias indeterminadas en la lectura podemos agregar que los textos envejecen y viajan, mientras que sus contextos modifican sus coordenadas temporales y espaciales. Cada generación, así como cada persona, encontrará significados diferentes en un mismo texto. La frescura de la escritura y el pensamiento renacen con el descubrimiento y la relectura de los textos antiguos, en desmedro de la ortodoxia actual, en un intento por descubrir los hábitos originales en los que surgió esa línea de pensamiento y ese lenguaje[xviii].

Del mismo modo, algunas tendencias musicales de avanzada han intentado descubrir la “música temprana” a través de la comprensión y el reconocimiento de las condiciones originales de producción. Pero contra la idea de que las piezas son estáticas, es claro que sólo pueden ser representaciones de su propio tiempo y lugar. Por ejemplo, La pasión de Mateo de J.S.Bach: las “ejecuciones auténticas” de los años 90 difieren notablemente de aquellas de los años 70. Las lecturas más conmovedoras y convincentes son aquellas que – quizás desde la misma concentración en “el trabajo en sí mismo”– nos hablan de manera más directa. Esto fue lo que sucedió en la representación más reciente de la obra[xix]. La producción descartó las convenciones típicas de la ejecución  (corbatas blancas, vestidos de divas, postura erguida) –generalmente situado en una iglesia– y se abrió a la esfera cotidiana de la audiencia –jeans, sweaters, gestos y posturas–. De algún modo, esto permitió liberar el poder emotivo de La Pasión, especialmente para los no creyentes, para los que la obra podría resultar una experiencia demasiado ajena, simplemente estética. El público, ubicado alrededor de la acción, en butacas patibularias amontonadas, logró ingresar al evento de un modo mucho más íntimo que lo usual. La representación estaba limitada: el roce de un hombro, un gesto de cabeza, no mucho más que eso. Pero con todas estas limitaciones, ganó efecto. Uno podría señalar algunas legitimaciones históricas de esta actuación (la experiencia fue sentida como sorpresivamente teatral y operística por las tempranas audiencias de Leipzig en 1730), pero a lo sumo funcionó un buen punto de partida que como un programa completo a recrear.

La “lectura” que hace el público reunido bajo un mismo techo – o incluso los espectadores de las emisiones televisivas – es, por supuesto, un asunto distinto del tipo de lectura del que se ocupa este ensayo. No obstante, por contraste y comparación, puede echar luz sobre ciertos aspectos. El director de la performance, en colaboración con el resto del equipo, presenta una interpretación, una lectura. La audiencia la recibe y la interpreta, y su atención interactúa con los efectos de esa interpretación. Luego, con otra gente que ha estado presente, se considera, se desarrolla o se revisa. Y se llega a la conclusión de que han sido experiencias diferentes, en algunos casos abismalmente diferentes si los miembros del público llevan consigo presupuestos y creencias disímiles (por ejemplo, en el caso de La Pasión de Mateo, con distintas creencias religiosas). Es por este motivo que las obras de teatro pueden constituir experiencias tan intensas en comunidades pequeñas, donde los miembros del público han compartido un pasado y un sentido de conocimiento del otro. Y por ese mismo motivo, las piezas teatrales pueden convertirse en experiencias extremadamente desoladoras en las grandes ciudades. Cualquiera sea la composición del público, hay un evento común a partir del cual medirse. Y el sentido de comunidad engendrado en la actuación es, claramente, el que hace la diferencia entre las interpretaciones públicas y las lecturas individuales. La reflexión sobre algo que ha sido compartido sucede tanto en la experiencia de la lectura como en el acto de mirar; ambas actividades tienen, aunque en diferente medida, una dimensión pública y una privada.

Decir que “la verdad descansa en algún punto intermedio”  puede parecer una obviedad, pero funciona a la perfección en este caso, en estos infinitos casos particulares de lectura de textos. Uno sólo tiene que pensar en un lector dando vuelta las páginas, no entendiendo ciertas cosas, volviendo atrás para comprobar lo ya leído, espiando el último capítulo, distrayéndose con un llamado telefónico o los pedidos de su hijo, yal vez quedándose dormido y soñando con el texto, para luego retomar el trabajo de asignar significado al texto. El proceso es individual e impredecible. ¡Como si hiciera falta un diseñador para hacer esto! Y, sin embargo, el texto se erige como un hecho irresistible y múltiple: un suelo común. Para cualquier escritor, la dimensión intersubjetiva del lenguaje cobra vida cuando escucha que algún amigo ha estado leyendo lo que escribió. Luego, busca una copia de su texto y la vuelve a leer, pero esta vez, la voz del otro lector aparece como telón de fondo, cambiando las palabras, indagando en su significado.

Los métodos digitales de transmisión de textos introdujeron cambios fundamentales al modelo de la lectura. Los textos y las imágenes organizados como nodos de una red, como hipertextos, se intercalan y se superponen en diferentes capas de información (imágenes animaciones, sonidos) proporcionan una experiencia novedosa respecto de la lectura de una página impresa. Y allí la retórica deconstructivista sobre el lector activo puede parecer más cierta que nunca. Al menos estos casos ofrecen una real fluidez, una real posibilidad de cambio, lo que raramente sucede en la deconstrucción impresa.

Los debates actuales sobre el libro electrónico, a expensas del libro impreso, parecen siempre resultar frívolos[xx]. Los visionarios han tendido a subestimar las dimensiones del confort, en su sentido ergonómico, así como el precio. La lectura de pequeños libros en la cama sigue brindando un gran placer. El debate sobre la legibilidad, destinado a fracasar, conviene dejarlo para otra oportunidad. Mucho más crítico resulta aquí –obviamente, más allá del contenido–el formato de la página, el peso, la flexibilidad, el tipo de tapas y solapas, la iluminación, la temperatura del ambiente y la cantidad disponible de almohadas. Mantenerse erguido frente a una computadora le da al acto de leer una sensación adicional de seriedad, y podría surgir una contradicción respecto de la postura y la lectura de un thriller, por ejemplo. Leer una carta íntima enviada a través de una PC también puede resultar un poco extraño. La actualización de los modelos de comunicación va a puede traer grandes cambios. Uno de los efectos que más salta a la vista es que el lenguaje informal, no editado, de las comunicaciones privadas, que se puede desparramar en forma de lenguaje multiplicado. El correo electrónico está muy bien, pero no si se convierte en el modelo de toda comunicación. La formalidad que la multiplicación y la publicación demanda a los textos tiene su razón en la función social. Y la necesidad social de una lectura “en común”, logro que le corresponde a la imprenta, sigue vigente, aún si ahora tiene lugar a través de otros modos de transmisión del texto. Si esto se pierde, (como aseguraba Margaret Thatcher) nos veremos en verdad reducidos a “individuos y sus familias”.

Traducción al castellano: Manuel Frers
Revisión: Miguel Catopodis


[i] Lacan, Jacques. Ecrits. Tavistock. Londres, 1977

[ii] Traducción de Roy Harris

[iii] Saussure, Ferdinand. Cours de linguistique générale. (Traducción de Roy Harris)

[iv] Ibidem

[v] La cita corresponde a Stuart Hall, tal como se publicó en el artículo “Thatcherism”. Marxism today (Diciembre de 1991)

[vi] Saussure, Ferdinand. Cours de linguistique générale. (Traducción de Roy Harris)

[vii] Ibidem

[viii] Vachek, Josef. Written Language. Mouton. La Haya, 1973

[ix] Goody, Jack y Watt, Ian. Literacy in traditional societies. Cambridge University Press. Cambridge, 1968

[x] Algunas reseñas sobre este texto sugieren que el análisis de Kinross acerca del pensamiento de Saussure comparte algunos de los fundamentos de Derrida.

[xi] Noordzij, Gerrit. De staart van de kat: de vorm van het boek in opstellen, GHM. Leersum, 1988

[xii] Ivin, William. Prints and Visual Communication. Rootledge and Kegan Paul. Londres, 1953; Einsenstein, Elizabeth. The printing press as an agent of change: communications and cultural transformations in early modern Europe. Cambridge University Press. Cambridge, 1979

[xiii] Sebastiano Timpanaro (1970)

[xiv] Lupton Ellen y Abbot Miller. Type, writing, structuralism and writing. Emigre N° 15. 1990

[xv] Paul Stiff (1993)

[xvi] Benedict Anderson (1983)

[xvii] Benedict Anderson (1983)

[xviii] Michael Baxandall (1972, 1980, 1985)

[xix] Las primeras actuaciones tuvieron lugar en Londres en Febrero de 1993

[xx] Jay David Bolter (1991)